Hay un sonido muy concreto que hace un niño de cinco años cuando ha decidido que un papel es ahora una nave espacial, y nadie se lo ha pedido, y nadie le está pagando en pegatinas para que siga. Es el sonido de la motivación pura, sin sobornos, y merece la pena escucharlo, porque a la mayoría se nos pierde de vista en algún punto del camino al colegio.
Ese mismo niño, unos años después, está de pie en la cocina preguntando qué gana por recoger sus zapatos. No ha pasado nada siniestro por el medio. Lo que suele pasar es que una casa llena de buenas intenciones le ha enseñado, poco a poco, que el esfuerzo sin recompensa no merece la pena.
Motivar a un niño sin apoyarse en recompensas para absolutamente todo no va de prohibir premios, regalos o paga. Va de saber qué tareas necesitan un empujón de fuera y cuáles haría el niño de todos modos, si se le diera la oportunidad, y de no entrenarle sin querer para que deje de hacer estas últimas.
Las tres cosas que de verdad mueven la motivación
Quitando la teoría, casi todo lo que hace que un niño quiera hacer algo, en vez de limitarse a obedecer, se reduce a tres cosas sencillas.
Autonomía. Algo de voz real sobre cómo, cuándo o en qué orden se hace una cosa. Incluso una pequeña elección, “¿quieres ordenar los libros o los bloques primero?”, convierte una tarea de algo que se le hace al niño en algo que el niño está haciendo.
Competencia. La sensación de ir mejorando en algo, y que se le permita notarlo. Una tarea calibrada justo al nivel del niño, ni insultantemente fácil ni discretamente imposible, construye esto. Una tarea que un adulto rehace en cuanto se termina lo destruye.
Conexión. Hacer algo que de verdad importa a personas que al niño le importan. “Gracias, eso me ha ayudado de verdad” cae de forma muy distinta que el silencio, y de forma distinta otra vez que una moneda.
Ninguna de estas tres cuesta nada, y ninguna sustituye el uso razonable de una recompensa. Son simplemente el motor que sigue funcionando cuando las recompensas se acaban, y conviven con la parte práctica de construir un sistema de recompensas para niños en vez de oponerse a ella.
Cuándo una recompensa externa ayuda de verdad
Las recompensas no son el enemigo aquí, y tratarlas como tal lleva a una casa sin sistema de recompensas, sin estructura, y con muchos más gritos en su lugar. Las recompensas externas hacen un trabajo real y útil en unas cuantas situaciones concretas.
Ayudan cuando una tarea es nueva y el niño todavía no tiene motivo para encontrarla interesante. Nadie nace amando ordenar, y una pequeña recompensa puede llevar al niño a través de las primeras repeticiones aburridas hasta que la competencia empieza a generar su propia motivación.
Ayudan cuando una tarea es de verdad desagradable y siempre lo será, como sacar la basura bajo la lluvia. Algunas tareas nunca se vuelven divertidas por sí mismas, y no pasa nada. Una recompensa para esas es simplemente un pago justo por un trabajo poco glamuroso, no un truco psicológico.
Ayudan como un primer apoyo para un niño al que le cuesta de verdad empezar una tarea, lo cual es una dificultad real y frecuente, no pereza. Una recompensa que pone en marcha el primer minuto puede ser justo lo que destraba el resto.
Cuándo una recompensa desplaza el interés que ya existía
El problema menos obvio es qué pasa cuando recompensas algo que el niño ya hacía por su propio gusto.
Un niño que dibuja por puro placer, y al que se le da una moneda cada vez que termina un dibujo, a menudo empezará a dibujar menos, o peor, en cuanto las monedas se acaben. El dibujo se ha convertido en silencio en un trabajo hecho por la moneda, en vez de un juego hecho por sí mismo, y cuando el pago desaparece, desaparece con él buena parte de la motivación que antes era gratis.
Esto no significa que elogiar sea peligroso, ni que un padre genuinamente orgulloso deba esconderlo. Significa notar la diferencia entre elogiar algo que el niño ya adoraba hacer, lo cual tiende a ser seguro, y ponerle un pago continuo encima, lo cual tiende a aplanarlo con el tiempo. Cómo elogiar sin causar este daño es su propio tema, y lo tratamos en el refuerzo positivo en los niños.
Un soborno es un animal distinto
Un soborno, en el sentido que importa aquí, es una oferta hecha en mitad de un comportamiento no deseado para que pare. Los gritos en el supermercado, respondidos con “cállate y te compro un chocolate”, son el ejemplo más claro, y enseñan una lección que va exactamente en contra de todo lo anterior: cuanto más difícil te pongas ahora mismo, más te pagaré para que pares.
Una recompensa acordada de antemano para un comportamiento elegido, y un soborno ofrecido en mitad de una rabieta para acabar con ella, pueden parecer casi idénticos vistos desde lejos. La diferencia está por completo en el momento y en el objetivo. Uno dice: “este tipo de esfuerzo vale algo aquí”. El otro dice: “tu enfado es una negociación, y funciona”. Entramos en esa distinción con más detalle en dejar de repetirlo por séptima vez, que trata la parte de los recordatorios del mismo problema.
Convertir una tarea en algo que merezca la pena por sí mismo
No puedes fabricar motivación intrínseca para una tarea que a un niño le aburre, pero sí puedes acercarla a los tres motores de arriba, y eso cambia de verdad cómo la vive.
Dale una elección real dentro de la tarea. Qué habitación primero, qué trapo, qué orden. Pequeña, pero real.
Deja que el nivel sea visible, para que el niño pueda ver de verdad que está mejorando, en vez de que se lo digan. Una foto del “terminado” pegada en la pared, un gráfico con una meta de verdad, una tarea que cada semana lleva menos tiempo porque el niño es de verdad más capaz ahora.
Di qué logró exactamente el esfuerzo, en concreto, en vez de elogiar el carácter del niño. “El suelo de la cocina ha quedado bien despejado, eso me ha ayudado a empezar antes con la cena” cae como información. “Qué bueno eres” o “qué buena eres” cae como un veredicto, y los veredictos no enseñan nada repetible.
Algo de estructura, como convertir una tarea aburrida en un conjunto contable de pasos o en un pequeño juego contra el reloj, también hace esto, y merece su propio espacio. Contamos formas de hacer más asequible una tarea tan poco querida como ordenar el cuarto en cómo conseguir que los niños ordenen su cuarto.
Preguntas de los padres
¿Usar recompensas en general va a arruinar la motivación de mi hijo?
No. Las recompensas ocasionales y bien elegidas para tareas de verdad desagradables o completamente nuevas no dañan la motivación, y pueden construirla. El riesgo es más estrecho de lo que suena: sobre todo está en ponerle una recompensa a algo que el niño ya hacía feliz por sí mismo.
Mi hijo pregunta “qué gano” por todo ahora. ¿Se puede deshacer?
Casi siempre, sí, aunque lleva semanas y no días. Ampliad poco a poco el espacio entre el esfuerzo y la recompensa, empezad a elogiar en voz alta el esfuerzo concreto que no se paga, y reservad las recompensas para las tareas más duras o nuevas en vez de para todo. El hábito se aprendió, así que se puede desaprender.
¿Es la competencia entre hermanos un buen motivador?
Puede funcionar un rato y salir muy mal, sobre todo para el que suele perder. Competir contra el reloj, en vez de contra un hermano, tiende a dar la misma energía sin el resentimiento, porque el niño solo compite contra su propio último intento.
¿Cómo motivo a un niño que parece no querer nada en absoluto?
Algunos niños son de verdad más difíciles de leer, y un “me da igual” a veces es una falta real de interés y a veces un escudo contra intentarlo y fallar delante de ti. Elecciones pequeñas y de poco riesgo, y un esfuerzo reconocido en voz baja en vez de anunciado, suelen funcionar mejor aquí que las grandes recompensas. Si persiste durante meses y afecta a más que las tareas, merece la pena hablarlo con alguien que conozca bien a tu hijo, como el colegio o su médico.
Dónde encaja Pluck
Pluck se apoya exactamente en esta mezcla en vez de sustituirla. Las monedas y los premios dan a las tareas nuevas, aburridas o de verdad desagradables un pago justo y visible, mientras que el mapa, el amigo y las pequeñas elecciones sobre qué misión hacer después le dan al niño algo de voz real sobre cómo va su día. No va a fabricar amor por una tarea que el niño encuentra pesada, y no es esa la intención. Su intención es hacer visible el esfuerzo y honesto el pago, para que el elogio que un padre da libremente pueda hacer el resto.